El niño y el león

El niño y el león

Una narración de Goethe

Preparando un trabajo de euritmia sobre el zodiaco, en concreto sobre el signo de Acuario, cayó en mis manos un diminuto y amarillento librito de ediciones Magalia con el título “Cuento del niño y el león”, de Johann Wolfgang von Goethe, que actualmente está descatalogado en ésta y otras editoriales. He encontrado otra versión online. Acudí al texto original alemán (Goethe “Die Novelle”) y quedé impresionada, por lo que me he permitido traducir los textos aquí citados directamente del original.

En esta pequeña novela, Goethe construye un vivo y detallado escenario de un radiante día de otoño en que un príncipe sale de cacería y su joven consorte, que lo despide desde el castillo, decide dar un paseo a caballo acompañada de un caballero y de su tío para visitar el castillo antiguo del principado que se prevé restaurar. En la primera mitad del relato, Goethe prepara la trama con profundidad y agudeza de observación, con detalles hasta de la vida social y económica: el castillo de residencia, el bullicio y colorido de la ciudad donde tiene lugar una feria en el barrio del mercado, y la salida hacia el viejo castillo, medio en ruinas, que junto a la naturaleza agreste forma un paisaje pintoresco e idílico. Llegados a este punto, los protagonistas observan desde allí cómo surge un incendio en las cercanías del mercado. La compañía decide regresar y la acción se precipita cuando, liberado por las llamas, sale corriendo hacia ellos el tigre que en una de las barracas cercanas al mercado se exhibía a los visitantes curiosos. La princesa intenta huir con su caballo por un camino poco transitable y el caballo sufre una caída. Poco antes de que la alcanzara el tigre, su caballero acompañante dispara y mata a la fiera de un tiro. En esto, llevando a un niño de la mano, llega la dueña del tigre e irrumpe en lamentos por la muerte de su hermoso animal. Poco después, llega su esposo y luego, el príncipe con su séquito.

A partir de ahora, se desarrolla una bella escena de una profundidad casi profética. El domador de las fieras informa de que también se había escapado el león, que se encuentra a poca distancia, en el viejo castillo. Para los caballeros, no cabe duda de que hay que matar a la fiera para evitar una desgracia, pero el domador ruega por la vida del animal manso y bondadoso, asegurando que su hijo y su esposa serían capaces de devolver al león a su jaula. Aquí se enfrentan dos mundos. ¿Cómo convencer a aquellos hombres de que tomen una decisión que es poco convencional y requiere confiar en lo incierto y enfrentarse al miedo de que pueda fallar?

El niño lleva una flauta. Y curiosamente, en el relato, lo difícil no es domar al león, sino llegar a los corazones y las mentes de los cortesanos. Esta escena puede tener algo familiar para todos nosotros. Nos sentimos impotentes, débiles como un niño, sin palabras ni argumentos, sin recursos, queriendo salvar lo que es casi insalvable, frente a una mayoría que representa el poder y la autoridad. Tal vez, éste sea el verdadero rostro del terrible león. Y el niño toca la flauta, una flauta de sonido suave y dulce, una flauta de pico. Como si la denominación de “flauta dulce” viniera de este relato de Goethe. Es tan especial y sorprendente la forma en que Goethe describe este sonido que la quiero traducir aquí:

citaEl niño entonaba su melodía, que en realidad no era tal, sino una sucesión de notas sin ninguna ley, y tal vez precisamente por eso tan conmovedora; los circundantes parecían como hechizados por el movimiento de esa secuencia…

¿Podemos imaginar cómo sonaba esta tonada? Seguro que no era una melodía clásica, repetitiva, con un principio y un fin, previsible y pegadiza. Tampoco sería embaucadora como la del flautista de Hamelín o un encantador de serpientes. La sensación que me produce la descripción de este aire, me recordó algunos momentos estelares de trabajo musical en el marco de la Pedagogía Waldorf, donde hemos empleado la flauta dulce Choroi o semejante, con melodías improvisadas en la escala pentatónica, que parece que no empiezan ni terminan en ninguna parte, capaces de crear un ambiente de suspensión que puede llegar especialmente a los niños pequeños hasta los 9 años aproximadamente.

Y mientras el niño toca la flauta, el padre pronuncia un discurso entusiasta sobre la grandiosidad, la sabiduría y la transformación continua que hay en la naturaleza, en lo grande y lo pequeño. El león es una expresión de esta majestuosidad, y si se deja domar por el ser humano es porque reconoce en él la imagen de su Creador divino. Alude así a la escena bíblica del profeta Daniel orando en el foso de los leones. ¿Cómo sonaría la música que acompaña y realza estas palabras?

Y a continuación, el niño comienza a cantar esta estrofa:

citaEn la cueva, aquí en el foso,
oigo el canto del profeta.
Acuden ángeles a confortarlo,
¿qué habría de temer este virtuoso?

El león y la leona, uno y otra,
se acercan mansos y lo rozan
pues sus suaves cánticos fervorosos
están llenándolos de asombro.

 

Y a continuación, viene una descripción aún más asombrosa de lo que hace el niño, que nos da otra clave sobre el secreto del poder que puede nacer de la impotencia:

citalo llamativo y especial fue que ahora el niño mezclaba los versos de la estrofa rompiendo el orden y con ello, si no creaba un sentido diferente, al menos intensificaba el sentimiento en sí y por sí mismo.

 

Sin esta explicación, el sentido de las siguientes estrofas, que solamente serán un ejemplo de estos juegos de palabras, miradas de forma racional, sería oscuro o podría quedarse en palabrería beata:

citaLos ángeles descienden y se elevan
para deleitarnos con sus notas
en una sintonía celestial.
En las cuevas, en el foso,
¿qué habría de temer el niño?

Los cánticos tan suaves y fervorosos
mantienen lejos la calamidad
mientras los ángeles vienen y van,
Y así, ya todo hecho está.

 

Este texto, que fue concebido ya en 1797, pero que Goethe tardaría unos 30 años en madurar y publicar, podría mostrarnos a Goethe como un adelantado a su tiempo, un precursor de la modernidad: contiene elementos de deconstrucción de la realidad, a través de la combinación de palabras al azar que recuerdan al dadaísmo, la paradoja, el juego de palabras,… Es como si quisiera romper el sentido de las frases para despistar y desconcertar a la razón y así poder acceder a otro plano más profundo de la realidad que la razón no logra captar.

¿De qué se trata en última instancia? Tal vez el niño indefenso, que al final de esta narración acaba llevándose al fiero león y sacándole una espina que se había clavado en la pata, sea una poderosa imagen de un principio que, por cierto, podríamos atribuir al signo de Acuario, que es precisamente opuesto al de Leo. El mundo que conocemos hasta ahora ofrece tres posibilidades a la hora de encontrarse con un fiero león – o lo que quiera que produzca en nosotros la misma impresión – : huir despavoridos como hizo la princesa, contraatacar con violencia como su caballero con el tigre, o paralizarse presos del pavor y aguardar lo inevitable. Pero el cuento de Goethe muestra una cuarta solución, la más inesperada, la que rompe todos los esquemas: un ser indefenso que aún en un momento del peligro extremo es capaz de jugar, cantar, tocar, sin esfuerzo, sin propósito y sin esquema previo, desde la intuición creativa del instante. Los versos hablan de fervor, de entusiasmo, pero es el fervor que confía porque sabe que “ya todo hecho está”.

 

Caen - abbaye aux dames west front trinity and 4 evangelists“Caen – abbaye aux dames west front trinity and 4 evangelists” by ukdamian is licensed under CC BY-NC 2.0

¿Y por qué tanta insistencia en los ángeles? Si miramos los 4 signos dominantes del zodiaco, el león, el toro, el águila (o serpiente-escorpión) que aparecen en todas las ilustraciones antiguas representando a los cuatro evangelistas, el cuarto de ellos, Acuario, no es una figura animal, sino que representa al ser humano con forma de ángel. La euritmia nos enseña de forma práctica la correspondencia entre los gestos de las consonantes y los signos del zodiaco. La consonante que corresponde a Acuario es la M. Conocemos tres expresiones muy características: ¡Mhmmm, qué rico!, cuando saboreamos algo con entrega; “Mhm” que significa “ah sí, ya lo comprendo” o “Mmmm…” que significa algo así como “No tengo ni idea, pero estoy buscando la respuesta”. ¿Qué tienen estas tres expresiones en común? Es algo que, desde luego, no se puede describir con palabras, pero sí con el gesto de la M en euritmia: busco, palpo, saboreo, aprendo a conocer las cosas desde dentro, con todo mi ser. Cualquier otra consonante tiene un gesto más definido y configurado. En la M, la boca está cerrada, y el movimiento es pura percepción. ¿Podemos aprender a movernos de manera que nuestro movimiento sea pura percepción? ¿Qué ocurriría entonces? ¿Acaso no se derretiría el poder de los más fieros ante ese gesto tan desnudo, presente, ingenuo e indefenso pero a la vez infinitamente auténtico?

Goethe no representa una simple religiosidad beata, ni tampoco un pacifismo ingenuo, sino que refleja aspectos más profundos, tal vez provenientes de su relación con las enseñanzas rosacruces. El poema, que al final cantan juntos a tres voces el niño, su madre y su padre, termina con una bella imagen casi mítica, en la que llama la atención la mención de la oración. Ahora cabe preguntarse qué es para Goethe orar. Debe ser la oración del profeta Daniel en el foso de los leones, que no piensa en ponerse a salvo, sino que tiene el coraje de orar desde una confianza que está más allá del instinto y más allá de todo lo racional. Confianza que anticipa un futuro donde no es necesaria la fe y la esperanza porque “se cumplieron ya”.

citaPues en la tierra reina el Eterno,
y su mirada domina el mar,
los leones han de ser corderos
y la gran ola se ha de retirar.

La espada afilada se detiene en el aire,
la fe y la esperanza se cumplieron ya.
Prodigioso es aquel amor
que se revela en la oración.

        Johann Wolfgang von Goethe

Katja Baumhauer

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