El sentido de la vida

El sentido de la vida

El sentido de la vida

Sobre el doble sentido de este término

Especialmente hoy en día, a la vista del sufrimiento y del absurdo que domina en nuestro querido mundo, es frecuente que se escuche la pregunta por el sentido de la vida. La mayoría de nosotros hemos creído en unos valores, en la democracia, los derechos humanos, la libertad, la solidaridad, el estado como protector del más débil, la justicia… y cuando nos decepcionamos al escuchar las noticias diarias, y cuando sufrimos, es fácil que nos preguntemos qué sentido tiene todo esto si nuestros valores se pierden. Nos preguntamos qué sentido tiene el sufrimiento, la muerte de inocentes, la enfermedad, la destrucción de la naturaleza, la desesperación de millones de seres humanos… Pero, ¿te has fijado alguna vez en que, por la sabiduría del genio del idioma, el término “sentido de la vida” – valga la redundancia – tiene un doble sentido?

Surgen los buscadores de sentido. Todos habremos encontrado alguna vez el sentido en una explicación, una doctrina, una religión, una filosofía, las enseñanzas de un maestro, una cosmovisión… para ti, ¿qué es lo que da sentido a tu vida? Tradicionalmente, la pregunta por el sentido recibía respuestas desde la fe. Hoy en día, se suele preferir el conocimiento. Pero al fin y al cabo, ambas cosas son convicciones. Pregúntate con sinceridad cuáles son las convicciones que dan sentido a tu vida. Tal vez se estén tambaleando últimamente, y tal vez esto esté afectando a tu calidad de vida, a tu estado de ánimo y tu salud.

 

El sentido de la vida

citaEl filósofo y lingüista Ludwig Wittgenstein llegó a
la conclusión de que la respuesta a la pregunta por
el sentido de la vida es la desaparición de tal pregunta.

 

El filósofo y lingüista Ludwig Wittgenstein, al final de su vida, llega a la conclusión de que la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida es la desaparición de esta pregunta. Cierto: ¿acaso te has acordado de preguntarte por el sentido de la vida en tus mejores momentos, cuando hacías algo que te llenaba hasta el punto de olvidarte de todo lo demás?

Fuera de estos momentos especiales, es muy seductor escuchar a alguien que nos diga: he aquí que te voy a explicar cuál es el sentido de tu vida, el sentido de la crisis que estamos pasando, es decir, para qué sirve y qué podemos aprender con ella, hacia dónde nos ha de llevar. ¿Verdad que es consolador?

Pero este consuelo no suele durar. Muy en el fondo, sabemos que no. Y si aún creemos en estas explicaciones, tal vez la vida nos acabe mostrando que no son la panacea…

Las interpretaciones, doctrinas y enseñanzas sobre el sentido de la vida se hacen especialmente peligrosas cuando se autoatribuyen validez general para todo el mundo. No darse cuenta de que el sentido de la vida puede serlo exclusivamente para mí, que lo estoy experimentando, ha conducido a lo largo de la historia a terribles consecuencias, violencia, absolutismo, censura, manipulación…

citaEl sentido de la vida o sentido vital también es un órgano de
percepción por el que nuestro cuerpo sabe si “todo va bien” o no.

 

Escuchemos ahora a un filósofo que nos habla de una acepción muy diferente del término “sentido de la vida” o “sentido vital”. Para Rudolf Steiner, el sentido de la vida es uno de los 12 sentidos que tenemos los seres humanos para percibir el mundo. Normalmente, ya nos suele parecer mucho cuando hablamos del “sexto sentido”. Estos 12 sentidos no se refieren a algo que nos permita una percepción suprasensible. Steiner hace un trabajo de observación extraordinario, por ejemplo, al diferenciar el sentido del movimiento propio o propioceptivo del sentido del tacto, y del equilibrio. O habla de un sentido específico de percepción del calor (en la época de Steiner aún no se sabía que efectivamente el sentido del calor tiene un tipo de receptores diferentes a los del sentido del tacto). En investigaciones actuales, este sentido de la vida ha recibido también otros nombres, como el de “sense of coherence” (Aaron Antonovsky) o “felt sense” de Eugene Gendlin.

Solemos pasar por alto el sentido de la vida porque no tiene ningún órgano específico, sino que más bien incluye todo el cuerpo vivo. Nos da la respuesta a esta famosa pregunta que nos hacen todos los días y que también solemos pasar por alto: – “¿Cómo estás?”. En realidad, aunque nos cueste reconocerlo, el sentido de la vida solo conoce dos respuestas: bien, o mal. Aunque socialmente esté muy mal visto contestar lo segundo. Aunque nos lo prohibamos a nosotros mismos como respuesta tabú.

Un bebé recién nacido sabe perfectamente si se encuentra bien o mal. Podríamos decir incluso que en las primeras semanas de vida, es el único sentido que funciona a la perfección. Aún no puede distinguir nada claro con su vista, no puede interpretar los sonidos, ni palpar los objetos. Si suena un sonido estridente y el niño se asusta y empieza a llorar, no es porque haya comprendido que alguien ha gritado o se ha caído un objeto con estruendo; simplemente llora porque su sentido de la vida percibe que con tanto ruido no se puede estar bien. Y si este niño no está bien, por supuesto no tiene ni idea si es porque tiene hambre, dolor de barriguita, sueño, los pañales llenos, frío, calor o si a su lado hay una persona que no le gusta, pero sabe que algo no va bien y nos lo señala con claridad. Si es un niño sano, nos lo dice tan claro que no para de llorar y patalear hasta que “lo que sea” se arregle. Y cuando está arreglado, nos muestra su cara más angelical y feliz, ese rostro casi divino que tanto nos mueve y nos toca el corazón. Es el rostro que expresa: Todo está maravillosamente bien. El mundo es bueno.

citaRecuperar la percepción de nuestro sentido de la vida atrofiado,
es decir, no conformarnos con salir del paso, nos guía hacia
lo que es para nosotros el sentido de la vida.

 

Nos puede cambiar la vida cuando nos damos cuenta de cuál es el problema: nuestro sentido de la vida, cuando llegamos a adultos, se encuentra atrofiado, tapado por una maraña de percepciones de los otros sentidos, pensamientos, recuerdos, expectativas, temores, experiencias… Se han encargado de enseñarnos que unas veces es inútil quejarse y otras, improcedente. Y así, cuando nos preguntan cómo estamos, contestamos con expresiones de lo más curioso: “saliendo adelante”, “tirando”, “bueno, va, no me puedo quejar”, “como se puede” “ahí estamos” “más o menos”, …

Esto significa ni más ni menos que el sentido de la vida, si lo escucháramos, nos diría que “algo” va mal, pero hemos decidido no hacerle caso y posponer su arreglo para seguir adelante “como sea”.

¿Acaso entonces tenemos que resignarnos a vivir en la mediocridad, en la falta de sentido, y a fin de cuentas, en una especie de depresión crónica que llamamos “normalidad”?

 

El sentido de la vida

 

La pregunta por el sentido de la vida nunca se responde de una vez por todas. Nos la responde nuestro sentido de la vida, momento tras momento. Y desde luego, conocemos momentos especiales donde nuestro sentido de la vida nos dice claramente que todo está perfecto. No hace falta experiencias grandiosas, más bien es ese momento especial de creatividad, esta experiencia de ¡eureka!, esa mirada a los ojos de otra persona, esa puesta de sol, ese logro personal, ese abrazo, esa conversación lúcida… ¿Cuándo fue la última vez que lo sentiste?

A veces, uno de estos momentos especiales es capaz de irradiar su luz sobre un periodo de tiempo largo, una semana, un mes, años,… en el que no necesitamos preguntarnos por el sentido de la vida. Esta luz incluso puede tener tanta fuerza que es capaz de sostenernos en los momentos más difíciles.

Así que, en vez de preguntarnos por el sentido de la vida, podríamos hacer el experimento de agudizar la percepción de nuestro sentido de la vida. Es la guía hacia el sentido, y solo puede ayudarnos si nos lo tomamos en serio y aprendemos a escucharlo cada vez mejor. El cambio se nota. Seguro.

Katja Baumhauer

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